Los cien días del presidente Abinader

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Por: Pablo Mckinney

Decía Jaime Sabines que, en las cosas del querer, “en una se­mana se pueden reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tie­rra y se les puede prender fuego”.

Sin embargo, en la presidencia de un go­bierno cien días no son suficientes para lo­grar quemar nada, aunque sí para encender el fuego del cambio, del parking o del retro­ceso.

La primera señal enviada por el Presiden­te fue su marcado interés por diferenciarse de su antecesor, e imponer su estilo en fon­do y forma.

Lo del cambio en las formas comenzó el mismo 16 de agosto, con la llegada del au­tomóvil presidencial marca Tesla, que tan­to disfruta conducir el relativamente joven mandatario.

Junto con el auto vendrían las chacaba­nas, que don Hipólito introdujo a Palacio, y que el hijo del Dr. Abinader utiliza muy fre­cuentemente, y qué bueno.

Son detalles nunca inocentes. Las casuali­dades no son cosa de la política. En la forma está también el fondo. “El medio es el men­saje”, e incluso puede ser también un masa­je, un útil instrumento de persuasión polí­tica.

Y como la estética debe propiciar la éti­ca, así llegamos a dos de los ejes fundamen­tales del nuevo gobierno: la recuperación del país de una arrabalización institucional que ha ido en aumento con cada gobierno y, por supuesto, la jodida corrupción con im­punidad, tan exhibicionista como fantoche, y que por años uno resumió en una expre­sión: ¡Lo mucho hasta Dios lo ve, se van a morir de éxitos! Pero ni caso.

Llegados los primero 100 días, la valora­ción popular del gobierno, según varias en­cuestas, supera el 70 por ciento. Pero los riesgos están ahí, Presidente.

Las perversidades de nuestra cultura polí­tica no son de la exclusividad de un partido, pero hay una feliz diferencia: El mandata­rio, -que parece tener el don de la ubicuidad, al punto de que él mismo genera y mata su propia noticia- sí reacciona a esos excesos, y Montecristi, su senador y su nuevo tenien­te de la Policía Nacional, son el mas recien­te ejemplo.

Entonces, Presidente amigo. Siga en su Tesla vestido de chacabana, siga mostran­do amor y bailando bien a la amada, bote el golpe en pequeñas tertulias con vino, y algo importante: elija usted fecha, hora y lugar de nuestra prometida entrevista de los 100 días en McKINNEY, mis televidentes espe­ran.

 

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