El sensible asunto del dinero

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Por: Orlando Gil

La política es lo más fuerte, y nada puede con ella: persona, autoridad, ley, institución. La ley en sí es una institución.

La creó Dios al establecer dominio sobre los mares, las tierras, los cielos y colocar al hombre en el centro de ese universo.

No lo dijo uno de los pensadores de la antigua Grecia ni el genio de la Florencia renacentista, sino un vago que discute en esquinas.

Y discurre de ese modo al ver como cada día se le imponen nuevos rigores a la política, y esta burla los obstáculos, y se mantiene como dueña y señora.

Todo el mundo ve el fluir del dinero, y nadie duda de que la política cueste lo suyo. Y sin embargo, a cada paso se comprueba la hipocresía.

Uno y otro se desgarra las vestiduras por gastos que están previstos. No tiene sentido ni justificación llorar por el dispendio ajeno, y es ajeno todo fondo que no sale de las arcas.

Nadie lo acepta, pero aun cuando los recursos del Estado dan uno que otro viaje, el tour lo paga el cotizante particular.

En otros países se publica, y aquí se oculta, la recaudación de los candidatos. Ahora se informan montos, totales, y no siempre con detalles, cuando debiera ser noticia en cada ocasión.

La ley no se está aplicando, o a medias, pues debe reportarse el movimiento de dinero de todos los precandidatos, y la Junta Central Electoral solo impone ese requisito a los presidenciales. Igual la ley habla de recursos presupuestados, obligando al menos teóricamente a un antes y a un después. Los partidos o aspirantes responden con el consabido a lo hecho, pecho.

El control no se está observando en los términos que acuerda la legislación, sino que cada cual se maneja a su manera y todos se zafan de la camisa de fuerza.

La política por tanto se despacha a su antojo, y eso, incluso, explica que ahora entra más dinero a la campaña que antes.

Culpa de la costumbre. Los precandidatos se están comportando como los partidos: dicen lo que pueden, no lo que deben.

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