Este niño no es fácil

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Por: Luis Rosario

Hay tigueritos embromones, por no decir otra palabra. Son difíciles. Saben más que el que les enseñó.

No digas que no, pues estoy seguro de que también de ti habrán dicho alguna vez: Este niño no es fácil.

¿Sabes de quiénes también dijeron eso? Nada más y nada menos que de Jesús, poco después de su nacimiento, cuando hicieron su presentación en el templo.

Claro, no es lo mismo ni se escribe igual.

No sé si has oído hablar de un hombre, justo y lleno de fe, llamado Simeón, que esperaba con ansias la llegada del Mesías.

Al encontrarse con María, José y el niño, lo tomó en brazos; dando gracias le dijo a su madre que su hijo no sería fácil, pues estaba destinado a crear mucha oposición y a destapar las intenciones de los corazones.

Más claro de ahí no canta un gallo.

A María misma le dijo que sufriría mucho, como si una espada traspasara su alma. Y así fue, pues a ella le tocó el papel doloroso de ver luego a su hijo morir en la cruz; sufrimiento que ella enfrentó sin ñoñerías, como mujer responsable y fuerte que asume su maternidad en las buenas y en las malas.

Las navidades, que a todos nos vuelven el corazón de chocolate, no son una fiesta dulzona, sino una confesión de fe. En las navidades se nos confronta con Jesús.

No se puede permanecer indiferente ante el Niño, nada fácil, que nació en Belén.

Hablemos con sinceridad sobre la intención de nuestros corazones.

Ni el ruido, ni la comida más abundante y diversa, ni las bebidas que llegan a veces a emborrachar, pueden acallar la voz que grita dentro de nosotros y que espera una respuesta.

¿Soy indiferente y lo que me interesa es gozar sin límites de la vida? ¿Rechazo a Jesús abiertamente o lo acepto en forma negociable, según mi antojo? ¿Lo recibo como al Señor de mi vida y de la historia? ¡Caramba, cuántas preguntas!

El ruido que rodea a la Navidad no podrá acallar esas preguntas. Porque, como dice San Agustín: nuestro corazón está inquieto y no descansará hasta que no encuentre al Dios que da vida.

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