Involución del PLD y su metamorfosis a LFP

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Por: Francisco Antonio Méndez

En 1973 el profesor Juan Bosch creó el Partido de la Liberación Dominicana (PLD). El PLD vendría a ser la antítesis de un PRD amalgamado en grupos de intereses particulares, señalando que “había cumplido su papel histórico en la política nacional”.

Bajo su supervisión el PLD se convirtió en una escuela de formación política. Precisando que “un partido no es lo que sean sus masas sino lo que sean sus dirigentes”. Así, el PLD se mantuvo durante largo tiempo siendo “un partido de cuadros” que valoraba más la calidad de sus miembros que la cantidad. De ahí los Círculos de Estudio, los Esfuerzos Concentrados y demás aspectos diferenciadores.

Desde sus primeros 18,000 votos en 1978 la historia es bien conocida. Pasando de un íntimo coqueteo con el poder en 1990 a un lejano tercer lugar en 1994 con la decadencia física de su líder. Un PLD potabilizado apoyó la reforma fiscal de 1992 que garantizó una década de crecimiento económico y empezó a tener participación en los resortes del poder.

Gran oportunidad

La crisis de 1994 que motivó una modificación constitucional prohibiendo la reelección y convocando elecciones para el 1996 representó una gran oportunidad para el PLD. Interpretando la correlación de fuerzas y el sentimiento de la población, con el bisoño doctor Leonel Fernández como candidato presidencial, clasifican para la segunda vuelta y vencen, con el apoyo del presidente Joaquín Balaguer, al doctor José Francisco Peña Gómez del PRD.

Así llega en 1996 el PLD a dirigir los destinos nacionales, con una membresía de alrededor de 13,000 miembros. Durante el período 1996-2000 se realiza una aplaudida gestión gubernamental que, sin embargo, no puede ser coronada exitosamente en las elecciones del 2000 con el licenciado Danilo Medina, exsecretario de la Presidencia, como candidato, quien pierde de manera abrumadora frente al ingeniero Hipólito Mejía (49.85% vs. 24.6%).

Retorno al poder

En el 2004, el presidente Fernández, derrotando de manera contundente (57%) al presidente reeleccionista de turno, Hipólito Mejía, retorna al poder y designa de nuevo como su Secretario de la Presidencia al licenciado Medina. Dos años después, Medina deja el gobierno y enfrenta al presidente Fernández como precandidato presidencial del PLD para las elecciones del 2008. Siendo derrotado de manera abrumadora (74%), Medina justifica la misma con la frase de que “el Estado lo venció”.

Apoyo a Danilo

Ganando las elecciones del 2008 y habiendo realizado una gran obra de gobierno, con una popularidad rondando el 70%, el presidente Fernández sale a apoyar de manera decidida al licenciado Medina en su carrera por la presidencia frente a su nueva vez opositor Hipólito Mejía. De esta manera, descontando una considerable ventaja de 22% a solo meses de las elecciones, el candidato del PLD sale victorioso en las elecciones del 2012.

Con la reelección prohibida, desde el gobierno se diseña una estrategia de descredito y acoso contra el presidente Fernández que, entre otras cosas incluyó la traída de un narco extraditado en su gestión. Con una estrategia clientelar de amplio alcance se alzan con el Comité Central del PLD y designan nueve de los diez nuevos miembros del Comité Político.

Con el total control, esa cúpula organiza la celada de Juan Dolio para imponer la modificación constitucional y se lanzan a la caza de legisladores que apoyaban al presidente Fernández. Esto desencadena la crisis que desemboca en el Acuerdo del 2015 que permitía la reelección del presidente Medina en el 2016 y la no reelección para el 2020.

Sin embargo, a pesar del Acuerdo, desde Palacio se orquesta nuevamente una estrategia de modificación constitucional para la reelección presidencial. Vencida la misma por la voluntad del pueblo y sus instituciones más representativas encabezadas por el presidente Fernández, se desatan los demonios a lo interno del PLD.

Venganza y rencor

En efecto, el presidente Medina en su discurso a la nación dejó sobreentendido que convertía la venganza, el rencor y la envidia en política de Estado. Asignándole a todo el gabinete funciones de campaña para que, a través del uso y abuso de los recursos del Estado, activaran a favor del candidato de su tendencia.

De las compras y escaneos masivos de cédulas todos somos testigos. Participación Ciudadana lo ubicó en un 30% de las mesas.

Puñalada trapera
Y, sin embargo, donde estuvo la verdadera puñalada trapera fue en la estructuración y montaje de un gigantesco fraude electoral evidenciado en publicación de resultados manipulados con un 48% de las votaciones en proceso, en transmisiones parciales –calimochas- de la data de 708 mesas electorales con 707 mil electores, en trasmisiones recurrentes fuera de los horarios preestablecidos, en la transmisión del 12% de las mesas, 212,000 votos, a través de celulares.

En el cuadre descuadrado del cotejo realizado por la propia JCE días después de las votaciones. En fin, un cúmulo de horrorosas evidencias que son obviadas por la JCE en franca connivencia con Palacio.

El error estratégico de sus prohijadores ha estado en creer que lo acontecido en el 2016 podía ser repetido sin consecuencias en esta ocasión. Que el agraviado iba, ante el fait accompli, ante el hecho consumado, doblar su cerviz y aceptar tranquilamente la usurpación de la voluntad popular. Obviaron la sentencia de Marx en el 18 Brumario: “La historia se repite dos veces. Una como tragedia, la otra como una miserable farsa”.

Esos polvos trajeron estos lodos. Y el partido de gobierno ha experimentado una, no esperada y mucho menos deseada división, de magnitudes sísmicas. El presidente Fernández soltó lastre. Levó anclas para explorar nuevos horizontes donde “primen los valores y principios, el sentido del honor, la dignidad y el decoro”.

Donde convivan los que no hayan olvidado esta mención boschista: “El hombre completo no denigra, no falsea, no miente para beneficiarse o para perjudicar a los otros”.

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