Pecados tontos

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Por: Alicia Estévez

Estaba confesándome. La falta que había cometido me molestaba porque, la verdad, además de incorrecta, fue estúpida. Le repito al sacerdote lo tonta que me resulta ahora mi actuación. Éste, en lugar de pedir un látigo por entrega inmediata, para que me azotara y siguiera rumiando mi frustración, me mira de frente y dice algo que yo creía saber: “No eres perfecta”.

La arrogancia
Por supuesto, me digo, sin atreverme a responderle. “Eso lo sé”, insiste una voz dentro de mí. ¿Para qué me sirve recordarlo?, intento comprender. Entonces, mientras el religioso habla, recuerdo un taller donde nos explicaron que mientras más duros somos con nosotros, al juzgarnos, hasta convertirnos en nuestros peores verdugos, mayor es nuestra soberbia. No perdonarse, lejos de ser un indicio de humildad, en realidad, indica arrogancia, la de aquel que no se permite equivocarse.

Orgullo herido
De manera que estoy pecando dos veces. Primero, por lo que hice y, luego, por la forma en que lo he asumido. Similar al asombro de un padre o una madre, que se jacta de conocer a sus hijos y, cuando se entera que han metido la pata, se niegan a creerlo no porque sigan confiando en ellos sino porque su orgullo de padres está herido.

Dios no quiere perfección
Al terminar la confesión, mi alma estaba más ligera pero todavía Dios no había terminado de hablar conmigo. Un par de días más tarde, estuve en misa, en una parroquia distinta a la del cura que me confesó, y durante el sermón, el sacerdote oficiante dijo una frase que tenía escrito mi nombre, “Dios no quiere perfección, prefiere misericordia”. Y yo me dije: ¡Bingo! Esa es para ti.

Muestra lo peor
Buscar la perfección, pretender evitar el menor desliz, representa una carga tan grande y pesada que quien la lleva encima tiene poca oportunidad de disfrutar el trayecto de la existencia. Vives crispada, a la defensiva, tratando de demostrar que eres tan perfecta como te han dicho o como lo persigue tu pobre alma que en esa batalla, paradójicamente, suele poner en evidencia lo peor de sí misma, sus mayores imperfecciones.

Tontos menos frecuentes
La misericordia es lo contrario. Es esa mirada que nos regala el Señor de aceptación y compresión absoluta, que nos hace relajarnos, mirarnos con un amor que abraza todo lo que somos, con ternura, sin reclamos ni reproches. Y nos permite mirar a los otros de la misma manera, lo cual hace que cometamos pecados tontos con menos frecuencia.

 

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