Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha”

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Por: Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez

Domingo XXX del Tiempo Ordinario – Ciclo C

27 de octubre, 2019

  1. a) Del libro del Eclesiástico 35, 12-14.16-18.

Como nos indica este pasaje del libro del Eclesiástico y se repite en muchas páginas de las Sagradas Escrituras, Dios no hace acepción de personas, Él es justo e imparcial. Si alguna vez demuestra predilección por alguien es por los débiles e indefensos.

Y en este caso ya no es parcialidad, sino la suprema justicia, puesto que es la manifestación y el ejercicio de la acción salvífica de Dios. Sobre todo, en el orden espiritual, sin excluir el material, ahí están las páginas incomparables del Evangelio para demostrar la predilección de Jesús, el Hijo de Dios, por los pobres, enfermos, pecadores y hambrientos.

  1. b) De la Segunda Carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 4, 6-8.16-18.

Al final de su vida San Pablo cierra el balance de su trabajo misionero, manifestando su testimonio de lo que le ha significado su conversión al cristianismo del que se sentía orgulloso, no por sus méritos, sino que reconoce que fue obra de la gracia actuando en él que le capacitó para anunciar íntegro el mensaje; consciente de que al final de su atlética carrera espiritual, le aguarda la corona merecida, con la que el justo juez, le premiará en aquel día y no sólo a él, sino a todos los que tienen amor a su venida.  Aquí se demuestra la coherencia de vida de este hombre que, al ser llamado por Jesucristo, lo dejó todo incondicionalmente para iniciar un nuevo camino apostólico, lleno de enormes dificultades, contradicciones y persecuciones, llegando a constituirse como el gran evangelizador del Asia Menor, de Grecia, Macedonia, y Roma.

  1. c) Del Evangelio de San Lucas 18, 9-14.

En esta parábola se distingue la piedad auténtica de la falsa, Jesús plasma su enseñanza en el fariseo y el publicano, y presenta claramente el contraste de dos tipos de religiosidad: el fariseo representa el modelo del autosuficiente, en realidad no habla con Dios, sino consigo mismo. En su oración hay satisfacción de ser aparentemente bueno, al compararse con los demás se considera justo, mejor cumplidor de la Ley.  Aunque su oración parece de agradecimiento, por lo que dice, es Dios quien tiene que pagarle sus propios méritos acumulados.

Por el contrario, el publicano, se reconoce pecador y culpable ante Dios, el contacto con el Dios Santo le urge una conversión de su mala vida. Su inventario espiritual está vacío por completo y su currículum es impresentable: ladrón y usurero, sanguijuela de pobres, huérfanos y viudas, violador de la ley, avaro y estafador, perdido sin remedio. Sin embargo, el publicano halló gracia ante Dios y volvió a su casa justificado por Él, mientras que el fariseo no. A diferencia del publicano, el fariseo no se reconoce culpable ni necesitado de nada.

El fariseísmo nos impide vernos tal como somos y tiene su fundamento en la soberbia humana. Todos poseemos parcelas de fariseísmo, una falsa humildad es la forma más refinada de orgullo. Hay que tener cuidado de no excluirse de la misericordia de Dios, que sólo se alcanza confesándonos y reconociéndonos pecadores, como hizo el publicano y como hace la Iglesia al comienzo de la Eucaristía, invitándonos a reconocer nuestros fallos y pecados. Lo que realmente agrada al Señor es el amor que se expresa en la entrega incondicional.

Fuentes: Luis Alonso Schˆkel: La Biblia de Nuestro Pueblo.
B. Caballero: En las Fuentes de la Palabra.

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