Y ahora qué…

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Por: Pablo Mckinney

Nos lo contó recientemente Pancho Varona en Lucía 203, la canción “Ahora qué…” fue inicialmente un bolero que Sabina convirtió en un casi rock. Pero el “ahora qué…” de este día, nada tiene que ver con el homenaje del Joaquín a un amor bendito sino con algo maldito, tan maldito como la muerte de una mujer/madre por su derecho a olvidar, y tan grave como un partido político que, sin pudor ni prigilio, insiste en su ético destape.

El asesinato de Anibel González a manos de su exesposo y padre de sus hijos (que presenciaron la tragedia), es, de alguna manera, la muerte de una sociedad, en el que también el respeto a la mujer ha tocado fondo (perdón por la plegaria). Y ya no es solo asunto de relaciones enfermizas o del misógino patriarcado haciendo de las suyas, sino de un ministerio público que, por su incompetencia -y ojalá solo se trate de incompetencia- también en esto es parte del problema y no de la solución.

Ahora sabemos que, como la familia de la víctima propuso un acuerdo entre las partes para liberar al ciudadano preso desde 2017 porque había intentado asesinar a la madre de sus hijos, ¡de siete puñaladas y en presencia de estos!, el ministerio público lo aceptó y gracias a ese acuerdo el fallido matador se convirtió en exitoso asesino y un M que no es de miércoles.

Así andábamos de mal y empeorando en todo lo que tiene que ver con la protección de la mujer de sus agresores y, a veces hasta de ella misma, cuando en el PLD, Reinaldo Pared, secretario general, y presidente del Senado, anunció que se retiraba de las primarias para elegir al candidato presidencial morado, porque allí “las condiciones para competir (…) han variado de forma injusta y de total parcialización”, lo que días antes había hecho Carlos Amarante. “A confesión de partes relevo de pruebas” dicen los de la toga. Pero el asunto es peor.

¿Qué hacer cuando un partido está loco por perder el poder, pero el partido opositor hace todo por no alcanzarlo, más torpe que un elefante borracho en una cristalería, y con más caballos de Troya que la ciudad de Atenas? ¿Qué hacer? Justo ahora “que todos los cuentos, parecen el cuento de nunca empezar”.

 

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