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Bukele lleva su guerra contra las pandillas a Haití: los criminales desafían al presidente que doblegó a las maras en El Salvador

Por Salvador Holguín, diciendo lo que otros callan.

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Haití vive una tragedia estremecedora. Las bandas criminales han convertido gran parte de Puerto Príncipe en territorio de terror, muerte, secuestros y destrucción, mientras un Estado debilitado lucha por recuperar el control de sus calles. Pero ahora esos grupos delincuenciales enfrentan una situación que trasciende las fronteras haitianas: la decisión del presidente salvadoreño, Nayib Bukele, de desplegar sus fuerzas militares para rescatar a cuatro compatriotas desaparecidos tras una brutal emboscada el pasado 18 de octubre.

Bukele lanzó una advertencia contundente a los grupos armados delincuenciales haitianos, exigiendo que los cuatro militares regresen vivos y sin daños. Su Gobierno ha confirmado el despliegue de más de 2,000 soldados para apoyar la operación de rescate. ¡Las pandillas haitianas han provocado una confrontación internacional cuyas consecuencias todavía están por verse!

No estamos hablando de delincuentes comunes, sino de organizaciones armadas que desafían al Estado, dominan comunidades y mantienen aterrorizada a una población que lleva años esperando recuperar su tranquilidad. La experiencia de El Salvador constituye un antecedente importante. Bajo el gobierno de Bukele, los homicidios se redujeron drásticamente mediante una política de seguridad de extrema dureza, aunque sus métodos también han generado graves cuestionamientos por denuncias de detenciones arbitrarias y violaciones de derechos humanos. Sin embargo, Haití no es El Salvador. Allí la crisis trasciende la delincuencia: existe un profundo deterioro institucional, político, económico y social que ninguna operación militar puede resolver por sí sola.

La intervención salvadoreña abre un capítulo decisivo, pero rescatar a cuatro militares no equivale a recuperar una nación entera. Se necesitan seguridad, instituciones legítimas, justicia y una estrategia internacional sostenida. Y aquí surge una reflexión que República Dominicana no puede ignorar: el drama haitiano no es un problema lejano, es una amenaza regional que exige vigilancia, responsabilidad y respuestas firmes de la comunidad internacional.

¡Haití no puede continuar secuestrado por las bandas criminales mientras millones de ciudadanos inocentes pagan las consecuencias! La gran interrogante es si la determinación militar de Bukele contribuirá a debilitar esas estructuras delincuenciales o si terminará enfrentándose a una crisis mucho más compleja que la salvadoreña. Porque una cosa es ganar una batalla contra las pandillas y otra muy distinta es rescatar del colapso a toda una nación, que su principal problema es que quienes están llamado a combatir y enfrentar las bandas mafiosas y delincuenciales haitianas son parte de esas estructuras que mantienen a Haití en el caos y la ingobernabilidad.

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