
Por: Claudio Acosta
Cuentan las crónicas periodísticas que el regreso al ruedo político de Gonzalo Castillo, cariñosamente El Penco, quien la pasada semana anunció su intención de buscar la candidatura presidencial del PLD para el 2028, ha impactado las estructuras de esa organización, generando con su activismo una serie de expectativas e interrogantes, empezando por la que más inquieta y preocupa al resto de aspirantes presidenciales con los que competirá: ¿volverá a ser el pupilo del expresidente Danilo Medina, quien contra viento y marea lo impuso como candidato en las elecciones del 2020? Una preocupación legítima y comprensible, porque dentro y fuera del PLD todo el mundo sabe que sin su bendición, sin su padrinazgo, ninguna candidatura puede salir adelante, aunque otra cosa muy distinta sea frente al electorado el día de las elecciones generales.
Que si fuera por su desempeño en esos procesos, habría que concluir que sus pupilos, porque en ese saco hay que meter también al exalcalde Abel Martínez, acumulan dos derrotas consecutivas, lo que en política representa un pésimo average del que ningún líder debería sentirse orgulloso. Como tampoco debería estarlo del 10.36% de los votos que apenas obtuvo el PLD en las elecciones del 2024, una pérdida significativa de su caudal de electores ya que en el 2020 el partido morado obtuvo el 37.46%. ¿A quién culpar por esa debacle? La respuesta a esa pregunta no habría que buscarla muy lejos, un ejercicio que los peledeístas no tuvieron el valor de hacer.
Es lo que explica que Danilo Medina siga siendo “el dueño” del PLD, quien decide quién será el candidato presidencial y cuándo se escogerá; en resumen, lo que diga Danilo es lo que va, aunque desde fuera no se vea muy democrático que digamos. Pero ese es un problema que atañe únicamente a los peledeístas puertas adentro, donde se lava con discreción la ropa sucia, y donde se sepultan también las aspiraciones presidenciales de quienes no están en la gracia del Gran Líder.


