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No se puede estar con Dios y con el diablo: incoherencias en la política exterior de Luis Abinader

La política exterior de un país no puede ser un juego de improvisaciones ni de dobles discursos.

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Por Jochy Tejeda

Desde el inicio de su mandato, el presidente Luis Abinader ha dejado claro que la República Dominicana es un aliado estratégico de los Estados Unidos, una relación basada en intereses económicos, cooperación en seguridad y valores democráticos compartidos.

Sin embargo, esa línea aparentemente clara ha comenzado a desdibujarse peligrosamente.
La reciente participación del país en una reunión en España junto a gobiernos de izquierda y corrientes autodenominadas socialistas envía un mensaje contradictorio, no se trata de un simple acto diplomático: es una señal política que genera ruido, incertidumbre y cuestionamientos tanto a lo interno como en el escenario internacional.

Porque en política exterior, las señales importan. Y mucho.
No se puede, al mismo tiempo, proyectar una imagen de alineamiento firme con Washington y sentarse en espacios donde predominan agendas que históricamente han chocado con esos mismos intereses. Esa ambigüedad no fortalece al país; lo debilita, no demuestra equilibrio, demuestra falta de dirección. Lo preocupante no es solo el hecho en sí, sino el patrón: la improvisación. Una improvisación que ya no es un simple error aislado, sino una constante que empieza a pasar factura en la credibilidad del gobierno.

Y en política, la credibilidad lo es todo.
Este tipo de decisiones pueden parecer menores en el corto plazo, pero tienen consecuencias profundas, generan desconfianza en aliados estratégicos, confunden a la base política y alimentan la narrativa de un gobierno que no termina de definir con claridad su rumbo en temas cruciales.
Si no se corrige el rumbo, este tipo de errores podría tener un costo político alto, tan alto, que podría impactar seriamente las aspiraciones de continuidad del oficialismo de cara al 2028.

La política exterior no admite ambigüedades: o se está de un lado o se está del otro, intentar jugar en ambos terrenos, al final, termina pasando factura.
Porque en política —como en la vida— no se puede estar con Dios y con el diablo al mismo tiempo.

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