ActualidadEditorial Grupo Hilando Fino

EDITORIAL | Un país que deja morir a un hombre… es un país que se está muriendo por dentro

Comparte Esta Noticia Con Tus Contactos.

En la República Dominicana no solo murió un hombre…
murió algo dentro de todos nosotros. Murió la empatía.
Murió la responsabilidad.
Murió el sentido de humanidad que debería distinguirnos como sociedad.

Se llamaba Deivy Carlos Abreu, 42 años.
Un hombre marcado por la vida desde temprano: huérfano, forjado en el trabajo duro en Constanza, levantado a pulso sin privilegios, sin padrinos, sin atajos. Padre de cuatro hijos. Pastor evangélico. Un dominicano de esos que sostienen el país desde abajo, haciendo lo que muchos no quieren hacer: recoger la basura de todos.

Un hombre digno. Pero en Santiago de los Caballeros, el viernes pasado, su vida fue reducida a nada. Lo que comenzó como un simple roce con un motorista se transformó en lo peor de nuestra sociedad: una cacería humana. Lo persiguieron como animales. No respondió con violencia. Huyó para salvar su vida. Y cuando encontró a quien debía protegerlo… encontró el vacío.

Se acercó a un agente policial y gritó con desesperación:
“¡Me quieren matar, ayúdenme!”. Y nadie actuó. Nadie. Siguió corriendo, herido, desangrándose, hasta llegar al Palacio de Justicia. El símbolo de la ley. El lugar donde se supone que vive la justicia. Y ahí… en la misma puerta… se desplomó.

Se estaba muriendo frente a todos. El hospital estaba cerca. La ayuda estaba cerca. La vida dependía de una decisión simple: actuar. Pero no hubo decisión. Hubo cámaras. Hubo miradas.
Hubo curiosidad. Hubo morbo. En vez de manos para salvar, hubo teléfonos grabando.
En vez de urgencia, hubo indiferencia.
En vez de humanidad, hubo espectáculo.

Lo dejaron morir… buscando “likes”. Sus últimas palabras no fueron de rabia ni de odio. Fueron de fe. Fueron de súplica: “Yo no hice nada… Señor Jesús, no me dejes morir…”. Y lo dejamos morir.

Que nadie se engañe. A Deivy Carlos Abreu no lo mataron solo los motoristas. Lo mató la indiferencia colectiva. Lo mató la inacción de las autoridades. Lo mató una sociedad que ha aprendido a observar… pero no a intervenir. Lo mató la falta de sensibilidad.
Lo mató la normalización del caos. Lo mató el miedo… y también la cobardía.

Lo matamos todos. Porque cuando un ser humano agoniza frente a decenas de personas y nadie hace nada, ya no se trata de un crimen individual… se trata de una descomposición social. Y lo más peligroso no es lo que pasó, es lo que revela.

Revela que estamos perdiendo el alma como nación. Revela que la vida humana vale menos que un video viral. Revela que la justicia no siempre llega… ni siquiera cuando te desplomas en su puerta. Hoy hay cuatro hijos que quedaron huérfanos.
Hoy hay una familia destruida. Hoy hay un país que debería sentirse avergonzado.

Pero si esto no nos sacude… si esto no nos duele… si esto no nos obliga a cambiar… entonces el problema no fue lo que pasó con Deivy. El problema somos nosotros. Y cuidado. Porque esa misma indiferencia que lo dejó morir a él… es la misma que nos está matando como país.

Hoy fue él.
Mañana… puede ser cualquiera. Y ese día… quizás también haya alguien grabando.

Botón volver arriba